[ 2025 Lectura lineal ] Canto yo y la montaña baila - Irene Solá [#1 - 11vo año]

 



Comenzamos el año con un gran descubrimiento: esta novela que se ha llevado el Premio Anagrama de novela en catalán, el Premio Punt de Llibre del medio digital, el Premio Cálamo y el Premio de Literatura de la Unión Europea el año de su lanzamiento, 2019.
La tapa te dice que mezcla "realidad y fantasía", pero va mucho más allá.

La historia central, de la que salen las ramas que después se desarrollan capítulo tras capítulo, es una muerte accidental en un evento de caza. De ahí surgen las voces de la familia de los involucrados: Dómenec. el padre agobiado atravesado por un rayo, Sió, la madre doliente que se queda a cargo de dos niños pequeños y un anciano, Mia, la hija valiente que conserva las tradiciones y que une a los personajes, e Hilari, el chico tranquilo que mantiene las aguas en calma con su buen carácter y la planeación del futuro.
También se escuchan las voces de las brujas del pueblo, sus historias de cómo fueron colgadas y convertidas en mujeres de agua, parteras y consejeras, que han visto las generaciones pasar y a la naturaleza vencer, la voz de Jaume, el gigante que es juzgado y aislado injustamente, cuando su profundo corazón forja la amistad más importante del libro, la voz del corzo que debió ser cazado el fatídico día, la voz de los fantasmas que murieron en manos de soldados franceses o españoles que pasaron por las montañas en su retorno a casa, la de un lisiado que reencuentra el amor tras la condena de un acto violento, y la de Lluna, la fiel compañera de Mia. La naturaleza habla a través de la opinión de las montañas, la lluvia, la furia de los osos.

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¿Confesar? ¿Qué? Si la risa era lo único bueno, era un cojín, era como comerse una pera, era como meter los pies en un salto de agua un día de verano. No habría dejado de reírme ni por todo el oro del mundo ni por todos los males del mundo. La risa me libró de los brazos, piernas y manos que tan fielmente me habían acompañado hasta entonces, y de la piel que había cubierto y descubierto tantas veces, y me lavó las heridas y la tristeza de las cosas que te pueden hacer los hombres.
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Y después de la tormenta también lloró un poco, por el hombre, porque quedaba muy bien en el claro, dijo. ¡Qué lástima que los hombres se consuman tan deprisa, y que los otros hombres se aferren a los cuerpos vacíos y los escondan y los entierren por no ver lo que les pasará a ellos también!
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Y esa cabeza llena de misterios, llena de palabras: «Sió, tienes los ojos tan azules que nadan peces en ellos»
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Tía Carme me dijo que no me preocupara, que aprendiera rápido. El mantel blanco lo hizo ella. Lo hizo para la boda de padre y madre. Y aprendí rápido. A cuidar el ganado y a mancharme los zapatos de estiércol. Porque el amor te ayuda a aprender deprisa.
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Y entonces dije: Domènec, ¿cómo es posible que no hayas avisado a mi padre y a mi tía? Y Dolores me dijo que habían muerto dulcemente, y que ella se había despedido de ellos de mi parte. Y como todavía estaba aturdida de no dormir y de tener en brazos a una niña que era mía, nuestra, me pareció muy triste y no tan triste al mismo tiempo. Como un intercambio. Como una ley de vida. Unos se van para dejar sitio a los que vienen.
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Pero no sé yo qué es peor, si pensar solo en los buenos recuerdos y que campe a sus anchas la añoranza puntiaguda, y esta comezón insaciable que embriaga el alma, o si bañarme en los riachuelos de pensamiento que me llevan a los recuerdos tristes, malos y turbios y me inundan el corazón y me dejan más huérfana aún al pensar que mi marido no era el ángel que yo corono. Y que no me quería lo suficiente, como todos los hombres, que nunca quieren lo suficiente.
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Yo canto a la luna llena,

ojo redondo de la noche amable,

gata preñada.

Canto al río helado,

compañero del alma,

como una vena, como una lágrima.

Canto al bosque atento,

ahíto de peces, liebres, setas.

Canto a los días magnánimos,

a la brisa de verano, a la brisa de invierno,

a la mañana, al atardecer,

a la lluvia menuda, a la lluvia enfadada.

Canto a la ladera, a la cumbre, al prado,

a las ortigas, al rosal silvestre, a la zarza.

Canto como si plantara,

como si hiciera una mesa,

como si alzara una casa,

como si trepara a una loma,

como si comiera una nuez,

como si encendiera una brasa.

Como Dios creando animales y plantas.

Canto yo y la montaña baila.

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Y entonces mi madre empezó a decir que yo no tenía que ir al bosque con los chicos, porque ellos solo tenían trece años y yo ya era una mujer. Y yo no quería saber nada de ser una mujer. Con lo cruel que es ser una mujer y las pocas cosas que te quedan cuando ya eres una mujer.
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Irene nació en Malla, España, el 17 de agosto de 1990. Es licenciada en Bellas Artes y maestra en Literatura, Cine y Cultura Audiovisual. Su mayor trabajo es en poesía, aunque su novela Canto yo y la montaña baila ha sido traducida a más de veinte idiomas. Realiza una columna cada quincena para el diario La vanguardia.

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Esta es una de esas obras con musicalidad que se te mete en el alma y te emociona en las tripas. Que te hace sentir deseos de correr a escribir. Yo escribí un cuento mientras la leía. Es hermosa, te comunica con el interior de todo, no solo con la naturaleza. Y lo hace armónicamente, con dulzura, de modo sutil. Es una buena historia, contada de un modo diferente al acostumbrado. Es una obra que recordaré siempre.



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https://ww3.lectulandia.com/book/canto-yo-y-la-montana-baila/









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