[ 2026 Lectura lineal ] El invencible verano de Liliana - Cristina Rivera Garza [#8 - 12vo año]

 



Me encontré con esta belleza en una cafetería librería en Morelia. No le pude quitar los ojos de encima. Fue como si esa chica me pidiera llevármela y conocer su historia. 
Estoy en una etapa de lectura de periodistas y casos reales de desaparición, abuso de poder, corrupción, feminicidio, etc. Todos esos temas vistos en mi tesis y que me han traído tanta claridad.
No es que me gusten estos sucesos. Pero es profundamente admirable la forma en que fortalecen a las personas, la forma en que les hacen crecer, cómo desdoblan su alma para homenajear, gritar, visibilizar. Y cómo eso cambia un poquito al demás tejido social.
Esto es sociología.


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Esta hermosa chica se llama Liliana. Fue asesinada por su exnovio el 16 de julio de 1990 en la Ciudad de México. Tenía 20 años y estudiaba arquitectura. 


Su hermana Cristina, su única hermana, reconstruyó su adolescencia y temprana madurez a través de las cartas, recados y notas que dejó por todos lados. En ellas conoció a la Liliana niña que se enamoró de la vida, las amigas y la natación. Ambas pasaron sus años más fuertes dentro de albercas de Toluca. 
Pero no todo fue felicidad.


También relató su historia de amor y desencuentros con Ángel, su exnovio de la preparatoria, que pronto comenzó a ser violento y posesivo, más cuando no pudo ingresar a la universidad y tuvo que quedarse en Toluca trabajando, lejos de una Liliana independiente que de inmediato se hizo de grandes amigos, sobrados pretendientes, y planes que llevaban su cabeza lejos, muy lejos de México...y de él.

Cristina era opuesta a su hermana en esos tiempos: rebelde, huelguista, alejada del amor. Liliana amaba profundamente, estaba llena de cultura, amaba el cine, la literatura, la arquitectura, la música. Bohemia y con un estilo muy natural, dejaba huella en quienes la conocían.
PERO NO QUERÍA ENAMORARSE. LO ANHELABA A LA VEZ QUE LO EVITABA. 
Porque el peligro siempre la estaba acechando.

Ángel la había engañado en la preparatoria, luego en la universidad. Liliana nunca tuvo las herramientas suficientes para nombrar, para gritar el maltrato que le ejercía. No se lo contó a nadie. Pensó que pasaría, o que lo podría contener. Pero Ángel seguía marcando territorio, armando escándalo con su ruidosa motocicleta y haciendo guardia tanto en su casa, como en la cafetería de su primo Emilio, que notó el maltrato levemente, pero confió en su prima, quien le pedía que se mantuviera al margen.
Ángel cargaba con una pistola y amenazaba constantemente con suicidarse si Liliana no lo perdonaba. 
La sensación de incomodidad era la misma para todos sus amigos: lo veían de lejos, no lo involucraban, pero no les daba buena espina.

En una época en la que no existía el término FEMINICIDIO y era raros estos casos de violencia, la gente no los esperaba. No estaba preparada para reconocerlos y mucho menos para denunciarlos.
Cristina sufrió junto con sus padres los años y años de sentimientos de culpa: culpa por haber estado lejos de ella en esos años, culpa por no haberse dado cuenta de las señales, culpa por no conocer más a fondo a Ángel, culpa por la libertad...

Y fue así como él se la llevó, sofocándola con una almohada en el pleno silencio de la madrugada. Prófugo, con un nombre falso en los Estados Unidos, a las tres décadas de la impunidad...


La falta de lenguaje es apabullante. La falta de lenguaje nos maniata, nos sofoca, nos estrangula, nos dispara, nos desuella, nos cercena, nos condena.

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Porque estábamos muy solos, Liliana. Porque nunca estuvimos tan huérfanos, tan desasidos, tan lejos de la humanidad (...). No supimos qué hacer. Ante lo inimaginable, no supimos qué hacer. Ante lo inconcebible, no supimos qué hacer. Y callamos. Y te arropamos en nuestro silencio, resignados ante la impunidad, ante la corrupción, ante la falta de justicia. Solos y derrotados. Solos y desechos. Triturados. Tan muertos como tú. Tan sin aire como tú. (...) Hasta que llegó el día en que, con otras, gracias a la fuerza de otras, pudimos pensar, imaginar siquiera, que también nos tocaba la justicia. Que la merecías tú. Que la valías tú también entre todas las muchas, entre todas las tantas. Que podíamos luchar, en voz alta y con otras, para traerte aquí, a la casa de la justicia. Al lenguaje de la justicia.
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Lo importante es conocerse a uno mismo y hacer lo posible por entender a los demás.
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Uno puede no saber por muchos años, pero una vez que quiere saber, uno quiere saberlo todo de inmediato.
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Vivir en duelo es esto: nunca estar sola. Invisible pero patente de muchas formas, la presencia de los muertos nos acompaña en los minúsculos intersticios de los días. Por sobre el hombro, a un lado de la voz, en el eco de cada paso. Arriba de las ventanas, en el filo del horizonte, entre las sombras de los árboles. Siempre están allá y siempre están aquí, con y adentro de nosotros, y afuera, en volviéndonos con su calidez, protegiéndonos de la intemperie. Éste es el trabajo del duelo: reconocer su presencia, decirle que sí a su presencia.
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En lo más crudo del invierno aprendí que existe en mí un invencible verano.
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Porque no hay responsabilidad más sagrada y atroz que la que nos obliga a ser nosotros mismos.




Cristina Rivera Garza nació en Matamoros, Tamaulipas, el 1ro de octubre de 1964. Es socióloga urbana con especialización en historia de América Latina y Letras Humanas. Ha ganado premios como el Anna Seghers para literatura latinoamericana, el Sor Juana Inés de la Cruz, el Roger Caillois y el Pulitzer justamente por esta obra.
Es maestra en el Colegio de Artes Liberales y Ciencias Sociales de la Universidad de Houston. Ha publicado 11 novelas, cuentos, poesía, ópera, ensayos y traducciones.


LA LITERATURA ES UN ESPACIO DONDE PODEMOS EXPLORAR LOS LÍMITES DE NUESTRA EXPERIENCIA CON EL LENGUAJE, LOS CUALES SON LOS MISMOS DE NUESTRA EXPERIENCIA CON EL MUNDO.


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